Cap. 12 Sin ceremonias
Una de las hermanas de doña María, Ascensión, se había casado con el propietario de unos almacenes industriales de elementos de acero. Esto la había convertido en la burguesa de la familia.
Antonio Costa – el tío Antonio - tenía entonces 40 años; pero parecía mucho mayor, sin duda a causa de las orgías de su vida disoluta en los años 20.
Era nueve años mayor que Alberto, pero aunque de orígenes sociales muy diferentes, sus relaciones resultaban cordiales, sin duda porque ni Alberto era envidioso ni Antonio clasista.
Había padecido todas las enfermedades venéreas que los médicos se habían inventado. Su facultativo de cabecera le decía que podía blasonar de ser un auténtico coleccionista. Como consecuencia de aquellos años le había quedado un temblor permanente en el pulso; hasta el punto de que para escribir tenía que sujetarse la muñeca con la otra mano.
Su médico de cabecera le había advertido que de ninguna manera debía tener un hijo.
- Con su historial – le decía – le podría salir un bebé con tres cabezas.
No era el tío Antonio amigo de alardes de nada; pero a veces se sinceraba con Alberto, y cuando Francisca no les oía le hacía confidencias entre miradas maliciosas.
- Teníamos – le decía – nuestro cuartel general en un palco del Liceo. Y en el cuartito anexo nos montábamos la timba.
- Por carnaval quitaban las butacas de la platea y se organizaba un gran baile. Un año les lanzamos, desde el palco a los de abajo, una chica desnuda.
Alberto escuchaba, entretenido, estas historias de Antonio que, a veces, tenía golpes escondidos. En su casa, por ejemplo, poseía una apreciable biblioteca de autores clásicos y una selecta colección de libros de historia.
Desde el 36 había arrinconado, por prudencia, las corbatas y sus trajes más elegantes. Setiembre en Barcelona acostumbra a empezar como un mes veraniego, lo que le permitía salir con la camisa remangada y la chaqueta sobre el hombro. La clase obrera se había adueñado de la Ciudad Condal y sus habitantes podrían explicarles a sus hijos como era vivir en una capital integrada por trabajadores donde todo el mundo se tuteaba, donde se habían suprimido, por completo, los tratamientos y las ceremonias.
Una de las hermanas de doña María, Ascensión, se había casado con el propietario de unos almacenes industriales de elementos de acero. Esto la había convertido en la burguesa de la familia.
Antonio Costa – el tío Antonio - tenía entonces 40 años; pero parecía mucho mayor, sin duda a causa de las orgías de su vida disoluta en los años 20.
Era nueve años mayor que Alberto, pero aunque de orígenes sociales muy diferentes, sus relaciones resultaban cordiales, sin duda porque ni Alberto era envidioso ni Antonio clasista.
Había padecido todas las enfermedades venéreas que los médicos se habían inventado. Su facultativo de cabecera le decía que podía blasonar de ser un auténtico coleccionista. Como consecuencia de aquellos años le había quedado un temblor permanente en el pulso; hasta el punto de que para escribir tenía que sujetarse la muñeca con la otra mano.
Su médico de cabecera le había advertido que de ninguna manera debía tener un hijo.
- Con su historial – le decía – le podría salir un bebé con tres cabezas.
No era el tío Antonio amigo de alardes de nada; pero a veces se sinceraba con Alberto, y cuando Francisca no les oía le hacía confidencias entre miradas maliciosas.
- Teníamos – le decía – nuestro cuartel general en un palco del Liceo. Y en el cuartito anexo nos montábamos la timba.
- Por carnaval quitaban las butacas de la platea y se organizaba un gran baile. Un año les lanzamos, desde el palco a los de abajo, una chica desnuda.
Alberto escuchaba, entretenido, estas historias de Antonio que, a veces, tenía golpes escondidos. En su casa, por ejemplo, poseía una apreciable biblioteca de autores clásicos y una selecta colección de libros de historia.
Desde el 36 había arrinconado, por prudencia, las corbatas y sus trajes más elegantes. Setiembre en Barcelona acostumbra a empezar como un mes veraniego, lo que le permitía salir con la camisa remangada y la chaqueta sobre el hombro. La clase obrera se había adueñado de la Ciudad Condal y sus habitantes podrían explicarles a sus hijos como era vivir en una capital integrada por trabajadores donde todo el mundo se tuteaba, donde se habían suprimido, por completo, los tratamientos y las ceremonias.

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