domingo, 18 de abril de 2010

Huellas en el tiempo

Cap. 8 Un amigo de Alberto


Alberto y Francisca, tal como deseaban, ya estaban instalados en Barcelona.
Aunque él era consciente de lo modesto de su trabajo de furriel en La Mambla; añoraba su contacto con aquellos chicos que, desde allí, eran enviados al frente.
¿Cuántos de ellos morirían? Esta era la pregunta, sin respuesta, que Alberto se hacía al despedirles.
Juan Llavería había salido en abril con toda su compañía. Tuvo el detalle, que conmovió a Cartés, de escribirle desde Villanueva del Pardillo. Por supuesto no había en la carta ningún dato de tipo militar. Le explicaba que aprovechaba los ratos libres para leer “La Aurora Roja” de Pio Baroja; y que se lo había comprado en un impulso al verlo en un escaparate, donde le llamó la atención que el título rimase con el autor. Siempre llevaba en el bolsillo aun a costa de que se le desencuadernase .
Buscó el pueblo en un mapa: estaba cerca de Quijona y Brunete, en los alrededores de Madrid. Penso que se podría estar preparando una ofensiva desde el oeste de la capital. Esto explicaría porque se había intensificado la salida de contingentes.
Entre los que acudieron a despedirse se encontraba Javier Morán, siempre tan dinámico y ocurrente.


Ahora que Alberto estaba en Barcelona le venía el recuerdo de aquellos chicos. Modesto Basides, al que llamaban el carlista, había salido a finales de abril junto con Javier y con Rafael Pintado otro de los chicos que a menudo hablaba con Rosita. Y como era de esperar la chica se prendó de él.
En el terreno de las relaciones entre los soldados y los civiles de sexo femenino, Francisca era la que tenía el punto de mira más enfocado. Puso a Rafael Pintado a tiro de su fusil invisible y, como ocurría en las trincheras, le iba siguiendo con el cañón. En cualquier momento podía apretar un gatillo inexistente, y los momentos de más peligro en que se encontraba el chico era, con toda lógica, cuando estaba en la misma habitación que Francisca.
Aunque Pintado no veía nada, algo notaba. De todas maneras no necesitaba a nadie para volarse, como se dice, la tapa de los sesos. Esto lo podía hacer solito, porque en cuanto una chica se interesaba por él se convertía en un bicho esquivo y huidizo.
Daba tanto juego que Francisca casi llegó, por pura curiosidad, más que por ayudar a Rosita, a convertirse en una especie de psiquiatra.
En apariencia Rafael tenía todas las características de una buena persona. Sus relaciones empezaban siempre de una manera sencilla y natural. Todo iba, pues, como una seda cuando era él quien parecía controlar la situación.
¡Pero! ....¿Primer pero?...Sí, en efecto:
Cuando era Rosita la que tomaba la iniciativa, en una excursión, por ejemplo, él nunca estaba disponible.
¿Segundo pero?...veamos: para Rafael la chica que se relacionaba con él era como transparente; no había manera de establecer ningún vínculo.
¿Último pero?, ¡definitivo!: era un chico que no podía vivir en pareja. La sola idea de comprometerse le producía un miedo atroz.
Francisca se enteró más delante de que Pintado tenía un hermano esquizofrénico.


Hacia la primavera de 1937 empezaron a llegar a Cataluña refugiados que, huyendo del fascismo, habían encontrado, por fin, un lugar de acogida. La única precaución respecto a ellos era asegurar que no fuesen delincuentes comunes.
Muchos de ellos pretendieron reorganizar sus vidas para hacer venir a sus parientes. Otros, más adelante, formaron familias casándose con chicas catalanas.
Uno de estos recién llegados fue Ernesto Mustieles, un estudiante de medicina aragonés. Entró por la parte de Lérida y llegó andando hasta Barcelona. Era un chico fuerte muy aficionado al montañismo que se planteó su viaje de huida como una excursión. Su predilección por los medios naturales le hacía ser un militante espontáneo contra cualquier maniobra de especulación del territorio. Tenía facilidad para aglutinar voluntades; y hasta había llegado a frenar alguna operación inmobiliaria.
En unas vallas cercanas a su casa había aparecido una pintada: “Ernesto Mustieles no gracias” que solo sirvió para estimularle. Decía conocer al autor por la letra y aseguraba que de haber escrito un texto más largo habría incurrido, seguro, en faltas de ortografía: “Ernesto Mustieles no gracias y haber si te bas de haquí” . Pero el escritor de letreros no se conformó con esto: Se esfuerzó en acerle chibatazos ha las jubentudes falanjistas . Y Ernesto tuvo que huir y refugiarse en Barcelona, donde encontró trabajo como enfermero en un hospital militar. Allí conoció a Alberto que acompañaba a Francisca a sus visitas médicas.
El caso fue que Alberto y Ernesto hicieron amistad. No una amistad de igual a igual, o totalmente recíproca. Se basaba en las necesidades de éste de comunicar sus inquietudes y en la disponibilidad de aquel para interesarse por ellas. Ernesto, además, era muy hablador y encontraba en Cartés una cualidad muy poco común: la de saber escuchar.
A Mustieles su afición por la montaña le llevaba a soñar con el Himalaya, donde sabía que nunca podría ir. No disponía de medios económicos ni siquiera para ir a los Alpes, pero él ponía sus ilusiones, con un coste mínimo, en las cumbres más altas. Desde hacía más de veinte años, montañeros italianos habían empezado a ponerse estos retos, con intentos infructuosos y un elevado coste de vidas. Entre aquellos pioneros sonaba un nombre: De Filippo, más por su capacidad de organizar que por sus proezas personales.
Mustieles no era persona que se recrease con las frustraciones. Se conformaba, y hasta quedaba satisfecho, con una ascensión en el Montseny y hasta llegó a convencer a Alberto para subir al Turo de L’Home desde S.Celoni.


Quizá nos estamos metiendo en disquisiciones cuando, y nunca mejor dicho, no estaba el horno para bollos.
Por estas mismas fechas, cuando Alberto seguía gozando de su permiso, la guerra continuaba y los fascistas mostraban bastante actividad. Por un lado ganaban terreno en el norte y por otro se enfrentaban a una crisis interna. Manuel Hedilla, que había sido considerado como sucesor de José Antonio era detenido en Abril y condenado a dos penas de muerte que le eran conmutadas por una cadena perpetua. Una entrevista entre un representante de Hedilla y Sancho Dávila había acabado a tiros. ¡Que difícil resultaba digerir tantas complicaciones!.
El panorama de los rebeldes pareció despejarse cuando Falange y los carlistas se unen para formar FET y de las JONS; y deciden nombra a Franco Generalísimo de los ejércitos

No hay comentarios:

Publicar un comentario