Las Cabañas de la Escuela
Hacia 1977 un grupo de profesores de la Escuela de Arquitectura del Vallès fue el promotor de unas originales prácticas de autoconstrucción.
Los estudiantes diseñaban y ejecutaban, con sus manos, unas cabañas en los amplios espacios de bosque que dejaban libres los edificios. Dormían una noche en ellas, las desmontaban y se llevaban los componentes utilizados, en su mayoría reciclables.
La promoción de la idea del profesor del departamento de proyectos Pere Riera tuvo una buena acogida entre el conjunto del personal docente, y llegó a constituir una de las cartas de identidad de la Escuela.
Los materiales a los que se recurría no eran, como ya se habrá deducido, los habituales en el ramo. No se disponía de morteros ni hormigones, de cerámicas ni aceros, y tampoco de telas impermeables.
Se trataba, pues, de moverse en una gama limitada, tenerla en cuenta, tanto en el diseño como en la construcción, e intentar que la forma resultante tuviera un buen nivel de calidad.
Las opiniones en contra de este experimento se basaban en que no aportaba conocimientos respecto a las técnicas habituales en la edificación. Cierto que no constituía, ni lo pretendía, un campo de experimentación sobre dichas tecnologías. Permitía, en cambio, establecer y estudiar la coherencia entre los elementos de un lenguaje.
En los proyectos que se realizaban quedaban incorporados los mismos materiales que unos días más tarde se utilizarían en la autoconstrucción; y ello permitía verificar las hipótesis de partida.
La principal tarea de los profesores de prácticas se centraba en que la ejecución no supusiera alteraciones importantes de los proyectos.
De cara a potenciar un trabajo colectivo se formaban grupos de unos diez alumnos en torno a las mejores propuestas seleccionadas. Eso permitía una labor de equipo en la preparación del proyecto para ser llevado a cabo.
Las calificaciones finales se decidían por la calidad de la cabaña terminada y de ellas eran partícipes los estudiantes de cada grupo.
Hacia 1977 un grupo de profesores de la Escuela de Arquitectura del Vallès fue el promotor de unas originales prácticas de autoconstrucción.
Los estudiantes diseñaban y ejecutaban, con sus manos, unas cabañas en los amplios espacios de bosque que dejaban libres los edificios. Dormían una noche en ellas, las desmontaban y se llevaban los componentes utilizados, en su mayoría reciclables.
La promoción de la idea del profesor del departamento de proyectos Pere Riera tuvo una buena acogida entre el conjunto del personal docente, y llegó a constituir una de las cartas de identidad de la Escuela.
Los materiales a los que se recurría no eran, como ya se habrá deducido, los habituales en el ramo. No se disponía de morteros ni hormigones, de cerámicas ni aceros, y tampoco de telas impermeables.
Se trataba, pues, de moverse en una gama limitada, tenerla en cuenta, tanto en el diseño como en la construcción, e intentar que la forma resultante tuviera un buen nivel de calidad.
Las opiniones en contra de este experimento se basaban en que no aportaba conocimientos respecto a las técnicas habituales en la edificación. Cierto que no constituía, ni lo pretendía, un campo de experimentación sobre dichas tecnologías. Permitía, en cambio, establecer y estudiar la coherencia entre los elementos de un lenguaje.
En los proyectos que se realizaban quedaban incorporados los mismos materiales que unos días más tarde se utilizarían en la autoconstrucción; y ello permitía verificar las hipótesis de partida.
La principal tarea de los profesores de prácticas se centraba en que la ejecución no supusiera alteraciones importantes de los proyectos.
De cara a potenciar un trabajo colectivo se formaban grupos de unos diez alumnos en torno a las mejores propuestas seleccionadas. Eso permitía una labor de equipo en la preparación del proyecto para ser llevado a cabo.
Las calificaciones finales se decidían por la calidad de la cabaña terminada y de ellas eran partícipes los estudiantes de cada grupo.

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