sábado, 10 de abril de 2010

Huellas en el Tiempo

Cap. 3 Rosita

La vida en la Mambla, transcurría, a pesar de la guerra, con pocos sobresaltos. Los soldados disponían de tiempo para relacionarse con los civiles, pero, sobre todo con “las civiles” . Por delante de la casa de Cartés, algunos de aquellos chicos se dejaban caer por las tardes con la esperanza de encontrarse con la Rosita; que ella se mostraba siempre dispuesta a darles palique, como decía, complacido, su padre.
Doña Pablina, en cambio, no tenía buenos ojos para estas visitas, que solo podían desembocar, según ella, en vicio y pecado:
- Yo sé lo que buscan – decía - ; que a mi no me la dan “ eixos”. Y a ti, si me enfurruño te va a costar algún cardenal; y no de los de misa.
El mal carácter de la madre era, sin duda, una causa de aislamiento y un origen de soledad. Porque a la pobre chica, en estas condiciones, le iba a costar mucho encontrar pareja. En un país donde la familia tiene una gran presencia, los jóvenes se fijan mucho en las madres. Saben, por tradición, que las hijas acabarán siendo como ellas.
En los varones se puede apreciar que cuando van envejeciendo cada vez se parecen, físicamente, más a sus padres. En las hembras la semejanza resulta de mayor intensidad: ellas van reproduciendo, sobre todo, el carácter. Así que: “vista la suegra, vista la niña cuando sea mujer “
Rosita era ajena a esta realidad. Su carácter débil le había originado una gran dependencia de su madre que, en el fondo, y sin que ella se diese cuenta le inspiraba más miedo que cariño.

Alberto y su hermana nunca habían llegado a entenderse. Ella era la mayor, lo que le producía un cierto aire maternal. Rosita siempre explicaba que, de pequeños, para protegerle, le tocaba soportar castigos por faltas que él había cometido. En su simplicidad, estas historias, a menudo inventadas, tenían más de burdas quejas que de señales de afecto.
Ella y Francisca tampoco sintonizaban mucho. Cuando esta se lamentaba de las preocupaciones que la familia le originaba a su marido; expresaba, en el fondo, su añoranza del tiempo en que, recién casados, vivían solos en su piso de Barcelona. Y aun más en el fondo, lo difícil que le resultaba convivir con su suegra y su cuñada.
Don Antonio, que siempre iba a su aire, tenía buenas relaciones con cualquiera, siempre que no se tratase de su mujer. Algunas tardes se metía en la cocina cuando Francisca estaba preparando la cena y pasaba un rato charlando de sus aventuras, cuando era un joven fuerte y un buen andarín. Su primer viaje a Barcelona lo hizo, cuando tenía once años, con un primo que trabajaba en una gran herrería. Era, esta empresa, la encargada de colocar la estatua de Colón sobre el pedestal cilíndrico de la puerta de la paz. Al izarla hubo un momento de pánico cuando, los obreros, temerosos de que cayera parecían dispuestos a abandonar la obra. El ingeniero se colocó, entonces, debajo del impresionante bronce de siete metros consiguiendo, con ello, infundirles confianza para continuar.
En un rincón, junto a uno de los cuatro gigantescos pedestales, aquel niño presenció todo el proceso hasta coronar los cincuenta y dos metros del monumento, y lo gravó para siempre.

Nueve años más tarde, Antonio, convertido en un mozo, entró a trabajar en la misma herrería. Allí sentó cátedra de peón incansable que necesitaba quien le señalase, porque de esto no se ocupaba, donde tenía que picar. En las operaciones de remachado, formaba equipo con un compañero vasco que tenía una habilidad especial para colocar los roblones al rojo en los taladros y aguantar con una palanca los cebollazos de Antonio. Era una manera de coser acero con acero en la que nadie podía competir con ellos.
Cuando estalló la guerra tenía 59 años, solo le faltaba uno para jubilarse. Esto de producía la agradable y nostálgica sensación de que cuando cerraba un tajo ya nunca volvería sobre el mismo.
Ya empezaba a vivir de sus recuerdos; ansiaba volver a Barcelona , sin tener que ir a trabajar. Eran muchos años saliendo de casa, aun de noche, para ir a la herrería. Llevaba la comida en un pañuelo de líos; dentro del cual, como postre, su mujer le colocaba una enorme cebolla. Ahora podría jugar a las cartas hasta entrada la noche. Compartía esta afición con el padre de Francisca y en las, aun largas, tardes de final de verano organizaban, entre los dos matrimonios, partidas de manilla en las que solo se jugaban judías secas.
Cuando se reunían todos, apostaban al siete y medio. Pero este juego, como el pocker, es un juego de “envite” pensado para manejar dinero y no resulta bien si solo pierdes, o ganas, unas judías. La lotería (que así llamaban al actual bingo) era el preferido. Rosita acostumbraba a encargarse de los números. Sacaba las bolas de una bolsa que tenía sobre la falda y cantaba:
El patito – que quería decir el dos.
Los dos patitos – era el veintidós.
La niña bonita – indicaba el dieciséis. ......
Cada jugador tenía delante unos cartones con una numeración impresa. Cuando sonaba uno de los números se ponía, encima, una judía. Cuando se completaba una línea, se había ganado. Entonces el jugador cantaba los números para que Rosita comprobase que estaban todos.
El bueno de don Antonio no dominaba muy bien eso de los números y sus judías, a veces, parecían ir por libres. Pablina, cuando le echaba algún vistazo era para confirmar, con cierta satisfacción, que no había casi ninguna en su sitio. Antonio se ponía nervioso, Pablina apretaba los labios, Francisca miraba a Alberto y la partida continuaba.

Huellas en el Tiempo

Cap. 2 Doña Pablina

Doña Pablina consideraba que todos aquellos oficiales y soldados de la República eran unos “ rojos asesins”. Sus allegados, en vista de tan drástica opinión, le aconsejaban que fuera discreta en sus malas maneras.
- Vaya usted con cuidado – le decía su hijo – que en el ejército no se andan con chiquitas.
Alberto era la única persona que la podía reprender sin que ella recurriese a su arma preferida: “ darse por ofendida “. En este terreno era una auténtica maestra. Cuando consideraba, que alguien de su entorno había hecho algún comentario en su contra, por más ligero, frívolo, e inocente que fuese, se ponía seria, apretaba los labios y enmudecía. Y ya la teníamos liada.
Cuando conoció a la novia de su hijo, le pareció bien que Francisca fuese una chica alta. Hacía buena pareja con Alberto que también lo era. Sus grandes aficiones eran bailar y el fútbol. Jugaba en un equipo de las categorías regionales que se llamaba “Peña X”. Muchos de sus componentes, entre ellos Alberto, trabajaban en el Banco de Londres en Barcelona. Fue así como conoció y se familiarizó con el deporte a la inglesa. En aquellos años la disposición de los equipos sobre el campo era diferente de la actual – aun no había llegado de WM- Delante del portero solo había dos defensas y a continuación tres medios y los cinco delanteros. Esta disposición de los medios originaba la figura del medio centro; la preferida de Alberto porque, según él decía, era el jugador que más pelota tocaba.
Durante el noviazgo Francisca sentía mucha curiosidad por verle jugar; así que un día acudió, con su madre, sin que él lo supiera, a presenciar un partido en el campo del Sant Andreu. Fue la única vez que hizo de espectadora y no tuvo suerte con el día. Resultó un encuentro bronco, cargado de tensión y de faltas, con muchos aficionados exacerbados metiéndose con Alberto al que gritaban:
¡Aquest llarc fora! ¡Aquest llarc fora!
Estas exclamaciones no conseguían apaciguarle: antes al contrario aun le incitaban a jugar más sucio.
En la media parte Francisca se sentía tan violenta que dejaron el campo. Se propuso, por no molestarle, no hablarle nunca de esta escapada suya. Y así lo hizo pero, no para siempre, solo lo consiguió durante algunos años.


Pero dejemos el fútbol por el momento y volvamos con doña Pablina. Una de sus mejores actuaciones se había registrado, hacía algunos años por Navidad. Tenían por costumbre celebrarla en el domicilio de unos parientes. En aquella ocasión nefasta, la señora de la casa, en un giro de la charla informal de sobremesa, hizo un comentario en el sentido de que estas fiestas eran muy bonitas y muy hogareñas, pero daban mucho trabajo. Fueron unas pocas palabras distendidas y sin malicia pero, ante ellas, la Pablina decidió que tenía que “ darse por ofendida “. Y ésta fue la última vez que pasaron la Navidad con aquella familia.

Hablaba usando, como en algunas zonas de Huesca, barbarismos catalanes, con giros tales como:
¿ Qui a veniu ? , por, ¿ quien ha venido ?
Ixo no, por, esto no
Aqueixa chimpleta, por, esta estúpida.

Era uno de tantos emigrantes que no solo no se integran sino que echan pestes del país de acogida.
Decía que los catalanes hablaban como si fueran borregos, y ponía siempre el mismo ejemplo: - Si les preguntan que como se encuentran, ellos contestan “beeeeeee.....”
No se le podía negar cierta gracia en algunas de sus interpretaciones sobre hechos o situaciones históricas. Había sentado cátedra su versión de la Pasión de Cristo: según la Pablina Jesús no sufrió ningún dolor, ni siquiera ninguna molestia, en la crucifixión. Los azotes y los clavos no consiguieron sus propósitos. Durante todo el proceso, él no hizo más que reírse de aquellos infelices, desgraciados e ilusos; que se creían, en serio, que le estaban martirizando.


El mal ejemplo de la Pablina ejercía alguna influencia en Rosita, ninguna en Alberto. Tanto él como su chicota se esforzaban en ser aceptados como auténticos catalanes. Aprendieron bien el idioma y mientras él jugaba en un equipo de fútbol de la ciudad, ella formaba parte de una agrupación teatral con cuyos miembros bailaba sardanas en las plazas mayores. Llegó, incluso, a actuar en alguna comedia y su nombre en los repartos era Francina.

Alberto y Francisca formaban, además, una excelente pareja de baile. En las fiestas algunas parejas se paraban por el gusto de mirarles; y ellos tenían la virtud de saber llenar todo el espacio de la pista de que disponían. Su especialidad era el tango.
Cuando en vacaciones habían visitado los pueblos de sus padres su interpretación de la Comparsita había dejado una huella que se mantenía durante años:
- ¡Es que daba gusto verles!

Huellas en el Tiempo


HUELLAS EN EL TIEMPO

Cap. 1 Al frente

En el levantamiento de 1936, los militares no habían conseguido acabar, de un golpe, con la República. El territorio español quedó dividido en dos y comenzó la Guerra Civil.
Alberto Cartés tenía entonces 30 años, era de origen aragonés y vivía en Cataluña, donde el “alzamiento” había fracasado. Se sentía bien dispuesto para entrar en filas en un ejército regular; pero los sectores más a la izquierda del gobierno pretendían formas milicias populares. Esta idea, que parecía imponerse en Barcelona, hizo exclamar a Cartés:
- Por este camino perderemos la guerra.
Cuando se alistó fue destinado, en Gerona, a una unidad de adiestramiento e instrucción de las tropas que debían ser enviadas al frente. Allí desempeñó el cargo de cabo furriel, con responsabilidad en la correspondencia y en la provisión de alimentos para las cocinas.
La guerra había irrumpido en su vida, como en la de todos los ciudadanos, como una visita inoportuna e inesperada que no respeta nada ni nadie. En los pequeños pueblos era frecuente ver como algunos caciquillos aprovechaban para enriquecerse. La situación de crisis favorecía los préstamos abusivos o el cambio de tierras por comida. También eran frecuentes las denuncias contra personas, por rencillas personales o por el simple hecho de que se les debía dinero.
A pesar de todo existía en muchos la voluntad de seguir con su vida de cada día. Se enamoraban, buscaban trabajo, estudiaban e incluso tenían hijos al son de los desfiles y los bombardeos. Alberto fue uno más. Se había casado aquel mismo año y cuando, a los pocos meses, lo destinaron al campamento de Gerona, se encontró con que el ejército le había movilizado a él y, en respuesta, su familia se había movilizado con él. Cuando solo llevaba unos días en su nueva unidad, en la zona llamada La Mambla, se presentaron en un coche de línea, sus padres, sus suegros, su hermana y su mujer. Su grado de furriel fue decisivo para que pudieran instalarse en un caserón vacío.
Del comandante del puesto lo más acertado que podía decirse es que no iba sobrado de eso que se conoce como espíritu militar. Haber sido destinado a semejante destierro era una señal de lo mal considerado que estaba en el cuartel general y por su parte, ya le pareció bien que este nombramiento le mantuviera alejado de las acciones de guerra.
Cuando Cartés le pidió permiso para instalar a su familia, vio con buenos ojos la presencia de civiles en aquel entorno campestre con cuatro casas desperdigadas. Allí no había consistorio, ni falta que hacía; tampoco había iglesia, pero no la echarían de menos en una unidad militar republicana.
Los primeros contingentes de tropa llegaron a los pocos días en camiones militares. Se alojaban en tiendas de campaña instaladas en una explanada vecina y vivían a toque de corneta. Pasaban la jornada en hacer la instrucción, en aprender el uso y limpieza de los mosquetones, en comer y en dormir.
Alberto Cartés, desde su puesto en los almacenes y en las cocinas velaba por los suministros para su familia. A Francisca, su mujer, le sabía mal el trabajo extra que esto le representaba.
- Si no fuera por nosotros – le decía – vivirías la mar de tranquilo.
Era una de esas personas de maneras suaves, que, sin saber como tienen gravado en la mente como deben ser las cosas. De ahí resultaba una curiosa mezcla de chica dulce y mandona.
Alberto era un ateo tolerante con los usos católicos de su mujer. No ponía obstáculos a que cumpliera los preceptos y en Barcelona la esperaba, a la puerta de la parroquia, a que saliera de la misa de los domingos. De acuerdo con su forma de pensar le había planteado que celebrasen un matrimonio civil. Ella no se mostró abiertamente en contra, pero la boda acabó celebrándose por la Iglesia, con gran satisfacción de la madre de Alberto, doña Paulina, la gran fascista de aquella familia de campesinos aragoneses no creyentes, que formaba, con su marido don Antonio, una de las parejas peor avenidas que se han visto; hasta el punto de que habría resultado prácticamente imposible encontrar a alguien que hubiese presenciado una conversación distendida – ya no digamos amable - entre ellos dos. Su falta de sincronización llegaba al extremo de no caminar nunca juntos; de manera que cuando iban de visita, él llegaba siempre el primero y ella aparecía después. Cuando salían de un mismo sitio, como cada uno tenía su velocidad de crucero, tardaban pocos segundos en distanciarse.
Había una circunstancia que facilitaba esta peculiar relación: él era muy duro de oído, y Paulina (o Pablina, como él la llamaba) cuando hablaba, lo hacía en un nivel de voz perfectamente ajustado para que Antonio no rascase bola. Eso le permitía pensar que todo lo que decía su mujer estaba destinado a fastidiarle.
Rosita, la hermana pequeña de Alberto, de quien su padre decía que era una chica de mucho palique, tenía, en efecto, el don de la palabra que, en cierto modo era la compensación de un rostro poco agraciado y marcado de viruelas.
Tenía una gran afición por el cine y conocía a casi todos los actores, cuyos nombres, al aplicarles la pronunciación castellana, sonaban de forma curiosa (Tirone Pover, Rita Aivor, Ester Biliams, o Buster Queaton), cuando contaba, con su gracia característica las películas que había visto.
De una de ellas me acuerdo especialmente:
- “Esos rusos – decía- son unos tíos muy raros. Cuando llegan en algún barco de guerra a Barcelona, tienen prohibido tomar agua de nuestras fuentes. No pueden beber ni en Canaletas. ¿¡ Abrase visto cosa igual ¡?. Sus jefes les llenan unas cantimploras con agua del barco, que con tantos días de viaje ya debe estar podrida, ¡ y ala, a pasear por la Rambla !. Y si alguno no hace caso, dice que lo tiran al mar.
- A veces me dan ganas de sacarles un vaso de agua fresca y gritarles:¡ eh rusquis! ¡ aguatova frescof ¡, pero no me atrevo ; igual me tiran a mi al mar.
- Pues, y seguía, he visto una película donde esos tíos se matan entre ellos. Pero no lo hacen como la gente normal. Aquí si hay que matar a uno lo matamos en el campo de la Bota o en la playa, para que caiga bien. Pero ellos no; ellos les disparan a sus coleguis por unas escaleras, y el que no muere de los tiros muere descalabrado. Además, eso de matarse es, entre nosotros, un asunto de hombres. Pero los rusquis matan a todo quisque, incluso a un bebé que va en un cochecito lo persiguen para matarle; y el pobre tiene que salir pitando escaleras a bajo, como si fuera un vaquero en el Oeste, y esos gatos con botas detrás disparando.”

Allí en La Mambla estaban también Miguel y María, los padres de Francisca. A él le gustaba mucho jugar a las cartas, y a ella sentarse a mirar. A su manera estaban bien avenidos y caminaban, a diferencia de los padres de Alberto, siempre juntos pero no uno al lado del otro. María iba primero y Miguel (ella le llamaba Maño) detrás pero manteniendo, en todo momento, la distancia.

jueves, 11 de marzo de 2010

Han vingut uns amics

"Han vingut uns amics"
Instalación audio visual
Lúa Coderch, Martí Ruiz, Luís Nacenta

En Eina C/Barra de Ferro 2 Barcelona

El punto de partida es el libro de Antonio Marí que lleva este título.
Se han preparado: 1) gravaciones con lecturas del mismo, 2) fragmentos sonoros, y 3) imágenes en una pequeña pantalla
Estos tres elementos no se nos han ofrecido como protagonistas de la "instalación", sino como integrantes de una experiencia musical que los ha sabido integrar.
Los espectadores (muy numerosos) que han sido capaces de concentrarse y quedarse solos frente a esta obra habrán experimentado, sin duda, el impacto de una creación entrañable.

sábado, 6 de febrero de 2010

Wagner.Tristan e Isolda

El Liceo nos ofrece el Tristán.
He comprado las entradas con bastante anticipación. Mi propósito es familiarizarme con la ópera.
Dispongo de una grabación de los Festivales de Bayreuth dirigida por Barenboin e interpretada por excelente voces.
Wagner inició la obra en 1856 basándose en una leyenda del siglo XII y la estrenó nueve años más tarde.
Ya en el preludio del 1º acto se aprecia nos presentan un estado anímico.
El elemento central del 2º acto lo constituye el éxtasis amoroso de la pareja. Suenan los mágicos solos de violín, viola y violonchelo. Este canto constituye uno de los momentos de máxima dificultad para el espectador.
El 3º acto nos introduce en un clima de tristeza ante la imagen de Tristán herido. El corno inglés hace las funciones de flauta de sonido muy agudo y es él quien anuncia la llegada del barco en el que viaja Isolda.
Pero su retorno no evitará la muerte de Tristán. Y entonces Isolda nos ofrece el también difícil soliloquio final.

lunes, 1 de febrero de 2010

El libro de la Selva. Rudyard Kipling

El Libro de la Selva. Rudyard Kipling

….”Ahora tenéis que conformaros con un salto de 10 u 11 años y simplemente imaginar la vida maravillosa que tuvo Mowgli entre los lobos porque, si estuviera escrita, llenaría libros y libros. Creció con los lobeznos, aunque estos se hicieron adultos mientras él seguía siendo un niño, y Padre Lobo le enseñó sus obligaciones y el significado que tienen las cosas de la selva; hasta que cada roce entre las hierbas, cada bocanada del aire cálido de la noche sobre su cabeza, cada arañazo de las garras de un murciélago al descansar un rato en un árbol, y cada chapoteo de un pececillo dando saltos en el remanso de un río, tenían para él la misma importancia que el trabajo en la oficina tiene para un hombre de negocios.
Cuando no estaba aprendiendo, se sentaba al sol y dormía”

El Tigre Shere Khan se convierte, en el relato, en un personaje destacado con una personalidad bien definida y enseguida reclama su presa y pide a los lobos que le entreguen al cachorro de hombre. Pero Madre Loba exclama le dice a Mowgli: “…llegará el día en que vayáis tras Shere Khan como él lo ha hecho con vos”
Mientras tanto el tigre sigue reclamando:…. “el cachorro es mío”…”y seguía rugiendo en la oscuridad, pues estaba muy furioso porque no le habían entregado al pequeño”
“Un cachorro de hombre no puede correr con el Pueblo de la Selva – aulló Shere Khan – ;dádmelo a mi”
Cuando Mowgli aprende a usar el fuego (la flor roja) obliga al tigre a gimotear y aullar en una agonía de terror. Pero esto no da fin a la pugna entre los dos y Shere Khan decide montar guardia a la entrada de la aldea. Pero una estampida de los rebaños dando cornadas acaba con su vida…..”A Shere Khan no era necesario pisotearle más. Estaba muerto y los milanos ya venían a por él”. El viejo cazador procedió a quemarle los bigotes para evitar que el espíritu del animal le persiguiera. Mowgli, a su vez, logró con la ayuda de los lobos separarle la piel del cuerpo.
Pero al llegar a la aldea el niño es recibido a pedradas y termina marchándose decidido a cazar a solas en la selva.
“….pasaron los años y se hizo hombre y se casó. Pero esta historia es para mayores”

Extraños en un tren. Alfred Hitchcock



Las primeras escenas nos sumergen en las fascinantes tomas de una estación del ferrocarril, donde asistimos a un dinámico juego con las piernas de los viajeros.
Esta película se puede considerar como una obra maestra. Pero me voy a limitar a glosar, tan solo, los primeros minutos, sin que ello me impida recomendar a mis lectores que la vean entera.
Cuando me refiero a Las Meninas nunca dejo de hacer hincapié en el rostro de Velazquez. En este cuadro de los cuadros resulta entrañable distinguir la mirada del artista entre el conjunto de los personajes.
La visión que tenemos de una película se basa en el transcurrir de las imágenes durante un tiempo. En un cuadro, en cambio, nos encontramos, de entrada, con todo el contenido. Pero a pesar de esta diferencia, en ambos, y de alguna manera, establecemos un recorrido.
Volviendo a la película de 1951; las primeras escenas nos ofrecen, con la cámara móvil a ras de suelo, la llegada de un coche. La cámara queda fija unos instantes. Descargan las maletas y vemos como empieza a moverse junto con los actores: simultáneamente. Esto constituye un travelling. A continuación se nos presentan las vías del tren tomadas por una cámara en movimiento; y de nuevo, por medio del travelling, las piernas de los viajeros mientras se desplazan. En algunos instantes las tomas, siempre bajas, son fijas.